Durante un tiempo creyó que los símbolos estaban intentando mostrarle algo. Sin embargo, cuanto más convivía con ellos, más comenzaba a sospechar que su función no era revelar un mensaje oculto, sino despertar algo que ya existía dentro de él. Era una diferencia sutil, pero profunda.
Porque un mensaje viene de afuera. Un recuerdo, en cambio, regresa desde adentro.
La sensación apareció una tarde cualquiera. No ocurrió durante un momento extraordinario. No hubo ninguna señal evidente ni ningún acontecimiento capaz de justificar lo que sintió. Estaba simplemente caminando, observando el movimiento tranquilo de la ciudad, cuando algo llamó su atención.
No supo exactamente qué había sido.
Tal vez la forma en que la luz atravesaba una ventana. Tal vez una melodía distante. Tal vez el olor de una calle después de la lluvia. Lo único que supo con certeza fue que algo se abrió. Y, durante unos segundos, sintió una familiaridad imposible de explicar.
No era nostalgia. La nostalgia suele mirar hacia atrás. Aquello era diferente. Se parecía más a la sensación de reencontrarse con una parte de sí mismo que había permanecido en silencio durante años.
Siguió caminando, pero algo dentro de él había cambiado. Las horas siguientes estuvieron acompañadas por una extraña presencia. No una presencia externa, sino una cercanía consigo mismo que no experimentaba desde hacía mucho tiempo.
Entonces comenzó a recordar.
No hechos. No fechas. No escenas concretas.
Recordó estados. Formas de sentir. Formas de mirar el mundo.
La manera en que observaba el cielo cuando era niño. La facilidad con la que podía maravillarse frente a cosas pequeñas. La sensación de estar completamente presente en un instante sin preguntarse qué venía después.
Durante años había pensado que esas versiones de sí mismo habían desaparecido. Que el tiempo las había dejado atrás. Que crecer consistía precisamente en alejarse de ellas.
Ahora ya no estaba tan seguro.
Porque mientras más las recordaba, más evidente se volvía algo inesperado.
Nunca se habían ido.
Simplemente habían permanecido cubiertas por capas de ruido, responsabilidades, velocidad y costumbre. Esperando. Respirando debajo de todo aquello. Como una llama pequeña que nunca terminó de apagarse.
Esa idea comenzó a acompañarlo durante los días siguientes. Y poco a poco empezó a comprender que muchas de las cosas que llamaba recuerdos quizá no pertenecían realmente al pasado.
Porque el pasado suele sentirse distante. Y aquello no era distante. Aquello estaba vivo. Seguía habitando ciertas canciones. Seguía escondido en algunos lugares. Seguía apareciendo en determinadas sensaciones imposibles de describir.
Era como si ciertas experiencias hubieran encontrado la forma de permanecer intactas dentro de él, atravesando los años sin deteriorarse. No como una fotografía, sino como una presencia.
Entonces comprendió algo que jamás había considerado.
Tal vez recordar no siempre significa regresar. Tal vez, algunas veces, significa reconocer lo que nunca se fue.
La idea permaneció en silencio dentro de él mientras observaba el final de la tarde desde una banca que ya comenzaba a resultarle familiar. El cielo cambiaba lentamente de color. La ciudad seguía moviéndose. Y, sin embargo, por primera vez en mucho tiempo sintió que no estaba intentando recuperar algo perdido.
Porque aquello que buscaba parecía seguir allí. Esperándolo con paciencia. Como si hubiera sabido desde el principio que, tarde o temprano, volverían a encontrarse.
Y mientras esa certeza silenciosa comenzaba a ocupar un lugar dentro de él, una nueva pregunta apareció suavemente en su interior. Si algunas memorias permanecen vivas más allá del tiempo... ¿Qué otras cosas dentro de nosotros jamás han dejado de existir?
Durante un tiempo creyó que los símbolos estaban intentando mostrarle algo. Sin embargo, cuanto más convivía con ellos, más comenzaba a sospechar que su función no era revelar un mensaje oculto, sino despertar algo que ya existía dentro de él. Era una diferencia sutil, pero profunda.
Porque un mensaje viene de afuera. Un recuerdo, en cambio, regresa desde adentro.
La sensación apareció una tarde cualquiera. No ocurrió durante un momento extraordinario. No hubo ninguna señal evidente ni ningún acontecimiento capaz de justificar lo que sintió. Estaba simplemente caminando, observando el movimiento tranquilo de la ciudad, cuando algo llamó su atención.
