Una de las ideas más curiosas de la experiencia humana es la facilidad con la que podemos posponer nuestra propia vida. No necesariamente de forma consciente. A veces, ocurre cuando pensamos que seremos felices después de alcanzar una meta. O cuando creemos que la tranquilidad llegará una vez que desaparezca el problema que hoy ocupa nuestra atención. O cuando imaginamos que la vida real comenzará en algún momento futuro que todavía no existe.
Existe una extraña tendencia a convertir el presente en una sala de espera. Esperamos tener más tiempo, sentirnos más preparados, las circunstancias correctas o que algo cambie.
Y mientras esperamos, los días siguen avanzando. No porque la vida sea indiferente a nuestros planes, sino porque nunca ha funcionado bajo la lógica de la espera. La vida no comienza cuando todo está resuelto, ni cuando desaparecen las dudas o cuando finalmente alcanzamos una versión idealizada de nosotros mismos.
La vida ocurre ahora. Mientras aprendemos, construimos, nos equivocamos o intentamos entender quiénes somos.
Quizá, por eso algunas personas llegan a lugares que durante años imaginaron alcanzar y descubren algo inesperado.
La sensación de plenitud que buscaban nunca estuvo escondida al final del camino. Estuvo presente en pequeños momentos que pasaron desapercibidos mientras miraban exclusivamente hacia adelante.
Momentos simples que rara vez parecen importantes cuando están ocurriendo. Tal vez, la pregunta no sea cuándo comenzará tu vida. Tal vez, la pregunta sea cuánto de ella está ocurriendo ahora mismo sin que lo notes.
"¿Qué parte de tu vida has estado tratando como una sala de espera en lugar de reconocerla como parte del camino?"
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