Vivimos rodeadas de voces. Algunas provienen del mundo; otras nacen de nuestras propias exigencias. Poco a poco, el ruido se vuelve tan habitual que olvidamos cómo suena una respiración tranquila.
Quizá por eso el silencio incomoda al principio. Nos enfrenta con aquello que llevábamos demasiado tiempo posponiendo. Sin embargo, cuando decides permanecer unos minutos sin distracciones, ocurre algo inesperado: el silencio deja de sentirse vacío y comienza a convertirse en refugio.
En él descubres pensamientos que necesitaban espacio para ordenarse, emociones que pedían ser escuchadas y una intuición que jamás había dejado de acompañarte. No aparecen respuestas mágicas. Aparece claridad.
Hay una elegancia profunda en una mujer que no necesita llenar cada instante de palabras para sentirse acompañada. Porque ha descubierto que algunas de las conversaciones más importantes suceden cuando el mundo deja de hablar.
Regálate momentos donde no tengas que producir, explicar o demostrar. El silencio también cuida. También sostiene. También sana.
"¿Hace cuánto no te regalas un momento de verdadero silencio? "
TGV




