Vivimos con la sensación de que siempre falta algo: unos minutos más, una oportunidad mejor o una versión futura de nosotras mismas. Sin darnos cuenta, comenzamos a atravesar los días sin habitarlos realmente. El reloj avanza, pero el alma permanece esperando un momento que nunca llega.
Habitar el tiempo es un gesto profundamente femenino. Es preparar el desayuno con calma, doblar una manta con cariño, leer unas páginas mientras la tarde entra por la ventana o permitirte contemplar el cielo sin sentir culpa por hacerlo. Es descubrir que la vida no ocurre únicamente en los grandes acontecimientos; también florece en aquello que parecía demasiado pequeño para ser recordado.
Cuando dejas de correr, el tiempo deja de sentirse como un enemigo. Se convierte en un espacio donde puedes respirar, escuchar y volver a ti. Allí comprendes que la abundancia no siempre consiste en tener más horas, sino en vivir con mayor presencia las que ya tienes.
"¿Qué momento cotidiano merece hoy toda tu atención? "
TGV




