Hay un instante en el que comprendes que el viaje nunca trató de encontrar una casa perfecta. Trató de aprender a habitarte con más verdad. Las ventanas siguen siendo las mismas, el jardín continúa floreciendo y el reloj marca el mismo paso del tiempo. Sin embargo, todo parece diferente porque tú aprendiste a mirar distinto. La luz no cambió de dirección; cambió el lugar desde donde decidiste recibirla. Quizá eso sea la madurez: dejar de perseguir una vida ideal para comenzar a honrar la vida real con una presencia más amorosa.
Descubrir que el hogar no termina cuando cierras una puerta, porque ahora vive contigo. Y cuando esa luz se instala dentro de ti, cada lugar donde llegas encuentra un poco más de calma, un poco más de belleza y un poco más de verdad. Entonces entiendes que la casa interior nunca fue el final del camino. Era el comienzo de una nueva forma de vivir.
"¿Qué luz llevarás contigo a partir de hoy? "
TGV



